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Hacia México 2010

 

La Cumbre de Copenhague fracasó en su propósito central de generar los compromisos políticos requeridos para colocar al mundo en la senda para combatir el cambio climático. Al mismo tiempo, se constituyó en una expresión de lo que significa el nuevo ambientalismo, que está surgiendo con una fuerza inusitada como producto de la acción de diversas organizaciones de la sociedad civil y del sector privado, y que se augura como una nueva luz de esperanza.

Comencemos por el fracaso de los 125 jefes de Estado y de los altos representantes de otros 67 países en sellar un acuerdo de valía. El documento firmado no compromete ni a los países desarrollados, ni a aquellos países en desarrollo que –como la China y la India– se encuentran hoy entre los principales causantes del calentamiento global, con unas metas de disminución de emisión de gases de efecto invernadero (GEI) que aseguren que la temperatura global no excederá los 2 grados centígrados, límite máximo prescrito por la ciencia, más allá del cual se correrían riesgos inaceptables. Y se limita a establecer que cada país definirá en forma voluntaria sus propias metas.

Quienes tenían expectativas moderadas sobre la cumbre esperaban como mínimo que, dadas las actuales dificultades de algunos países claves para fijar sus compromisos individuales (Estados Unidos y China, en particular), se firmara un robusto acuerdo político que, además de definir metas globales de reducción de gases de efecto invernadero para el 2020 y el 2050, estableciera el procedimiento y los plazos para realizar acuerdos jurídicamente vinculantes con los suficientes dientes para asegurar su cumplimiento. Nada de esto se logró.

El hecho de que se alcanzaran notables avances sobre la adaptación al calentamiento global, las medidas para detener la deforestación y los posibles recursos para financiar los programas de mitigación y de adaptación a los países más vulnerables, ha servido a muchos en su infructuoso intento de salvar la cara de Copenhague. Pero, infortunadamente, la mayor parte de los logros aducidos corresponden a medidas para hacer menos dolorosa la enfermedad (o los impactos del calentamiento global) y no para curarla (o los acuerdos requeridos para disminuir las emisiones de CO2).

Contrasta el fracaso intergubernamental con la positiva participación de cerca de 35.000 representantes de diversas organizaciones de la sociedad civil y del sector privado, no obstante la pésima logística ofrecida por las Naciones Unidas, que acabó vulnerando su derecho de participar en la Cumbre.

Estas organizaciones hicieron –tanto en el marco de la conferencia como en el del Clima Forum, un evento alternativo– una formidable exhibición de la diversidad de acciones que adelantan para lidiar con el cambio climático, y propiciaron una profunda reflexión y análisis sobre los enormes retos que enfrentamos, incluyendo la imperiosa necesidad de transformar los estilos de vida y de dirigirse hacia una sociedad caracterizada por la justicia social y ambiental. Tuve el privilegio de participar en esa gran fiesta de la acción colectiva, que no fue suficientemente reconocida por los medios de comunicación masiva, más ocupados en registrar la represión policial contra las expresiones de los grupos más inconformes con lo que estaba ocurriendo en el Bella Center.

Son organizaciones de la sociedad civil que se han ganado su puesto para iluminar a los gobiernos en el inevitable propósito de forjar un acuerdo eficaz para enfrentar el cambio climático, esta gran amenaza que, como una bomba de tiempo, se cierne sobre la civilización contemporánea. Pero no queda mucho más tiempo para perder. Los platos rotos habrá que repararlos en las sesiones regulares de las conferencias de las partes del Protocolo de Kioto y de la Convención de Cambio Climático, que se reunirán en Bonn y Ciudad de México en el curso del próximo año.

Manuel Rodríguez Becerra
Publicada en El Tiempo. 27 de diciembre de 2009

 

 

Derechos Reservados de Autor. Manuel Rodríguez Becerra. Bogotá, Colombia.
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