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La nueva negociación global sobre bosques: ¿de las palabras a la acción?

 

El grupo intergubernamental sobre los bosques -ahora dirigido por Manuel Rodríguez, guarda bosques mundial- tiene la tarea urgente de convertir los diagnósticos en acción efectiva. La fatiga de la inacción favorece los trabajos de este Grupo durante los próximos dos años.

La creciente destrucción de los bosque es uno de los principales problemas ambientales a nivel global, regional y local. Y no es posible detener y reversar tan grave problema si no se emprende una acción solidaria y coordinada de todos los países del mundo. Son dos afirmaciones que se han repetido hasta el cansancio en las dos últimas décadas y sobre las cuales existe un gran consenso internacional. Pero no ha sido posible llegar a concretar el qué y el cómo de ese consenso. La iniciativa global de la pasada década, el Plan de Acción Forestal Tropical, ha tenido un impacto menor no obstante los bombos y platillos que se escucharon en el momento de su lanzamiento. Para la muestra un botón: Los pobres resultados del Plan de Acción Forestal de Colombia (PAFC). En la preparación de la Cumbre de Río nuevamente se generaron grandes expectativas entre los gobiernos y la opinión pública: se llegó a creer que en ella se comprometerían las voluntades políticas de los líderes del planeta y las chequeras de sus países, en pos de la salvación de los bosques. Al final lo acordado fue desalentador. Pero resulta aún más patético constatar las irrisorias acciones adelantadas con relación a las modestas metas propuestas en Río. Y la destrucción irreversible de uno de los mayores activos naturales del planeta, sigue su diabólica marcha, en un verdadero acto de estulticia humana.

Grupo intergubernamental de bosques

De nuevo, las Naciones Unidas, a través de la Comisión de Desarrollo Sostenible, están intentando crear las condiciones para pasar de las palabras a la acción. El 11 de septiembre se instaló el denominado «Grupo Intergubernamental sobre los Bosques» a fin de «llegar a un consenso y formular propuestas de acción concretas para promover la ordenación, la conservación y el desarrollo sostenible de los bosques». Tiene dos años para cumplir tan ambiciosa tarea, que a los expertos parece un tiempo reducido para superar las enormes dificultades que hasta el momento han impedido adelantar acciones sustantivas. Pero que al ciudadano corriente puede parecer un plazo excesivamente largo, si se piensa que en el mismo se destruirán 15.4 millones de bosque tropical por año (o el equivalente al 14% del territorio continental de Colombia).

¿Por qué se requiere de una solidaridad y coordinación a nivel internacional para resolver el problema? Por la sencilla razón de que la destrucción de los bosques se concentra en el área tropical y los países que los poseen, en su totalidad del mundo subdesarrollado, no cuentan con los recursos económicos y tecnológicos para emprender una tarea que, además de urgente, es de interés para toda la humanidad. Como lo ha subrayado la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza «la cooperación internacional para conservar y garantizar el uso sostenible de los bosques es esencial para el buen funcionamiento del medio ambiente global». Pero responder a ese reto global es complejo, pues tal como se señaló en la Agenda 21, adoptada en la Cumbre de la Tierra celebrada hace tres años en Río: «Los bosques de todo el mundo han estado y están amenazados por la degradación incontrolada y la conversión a otros usos de la tierra, a raíz del aumento de las necesidades humanas; la expansión agrícola, y la inadecuada gestión ambiental que incluye, por ejemplo, la falta de medidas adecuadas para combatir los incendios forestales y la explotación ilegal, la explotación comercial insostenible de los bosques, el pastoreo excesivo y el ramoneo no reglamentado, los efectos nocivos de los contaminantes transportados por el aire, los incentivos económicos y otras medidas adoptadas por otros sectores de la economía. Las repercusiones de la pérdida y la degradación de los bosques son la erosión del suelo, la pérdida de la diversidad biológica, los daños a los hábitat de la fauna y la flora silvestres y la degradación de las cuencas hidrográficas, el empeoramiento de la calidad de la vida y la reducción de las opciones de desarrollo». Además, la tala indiscriminada de los bosques altera el clima a nivel global, regional y local.

La deforestación continúa

La situación y las tendencias no han cambiado mucho después de Río. De acuerdo con un reciente informe de la Comisión de Bosques de la FAO, se ha progresado muy poco en la planificación intersectorial, incluyendo la planeación del uso del suelo, y en muchas partes del mundo la apertura indiscriminada de la frontera agrícola y la sobre-explotación de los bosques continúa en incremento. La capacidad para administrar los bosques sigue siendo muy baja en la mayor parte de los países en desarrollo debido a las dificultades financieras y a los severos programas de ajuste que muchos gobiernos han debido enfrentar. Y la disminución de la cooperación internacional para el sector forestal, no obstante las expectativas creadas en Río, se ha constituido en un rudo golpe para los esfuerzos que hacen los países en desarrollo para adelantar sus planes de acción forestal.

Pero, como lo señaláramos en la edición 219 de ESTRATEGIA, sería erróneo aducir que las únicas explicaciones de la continuada destrucción de los bosques se ubica en las débiles administraciones estatales de los países del sur, incapaces de asegurar un aprovechamiento sostenible de los productos del bosque y la adecuada planificación del uso del suelo, o en la falta de voluntad política de los países del norte para pagar la gran factura de la conservación y buen uso de los mismos y en su renuencia a compartir tecnologías para el efecto. En buena parte de los países en desarrollo continúa imperando un sistema de tenencia de la tierra que se constituye en el principal detonador de la deforestación, y obstáculo para el desarrollo económico y la superación de la pobreza. Es el caso de Latinoamérica en donde la tradición hispánica de utilizar la tierra como alcancía, o activo de una valorización no correlacionada con su productividad, se constituye en uno de los principales impulsores de la deforestación, tal como argüimos en el mencionado número de ESTRATEGIA. A tal punto que, en un país como Colombia, mientras el aprovechamiento de la madera sólo explica el 10% de la deforestación, la apertura de la frontera agrícola explica el 80% (el otro 10% es para leña). Es claro que los países del trópico tienen el derecho de aprovechar sus bosques como base para su desarrollo, a similitud de lo que hicieran los países del norte, que en su camino hacia la industrialización hicieron desaparecer valiosos bosques de la faz de la tierra. Pero no es justificable que estén despilfarrando dos de los recursos más valiosos del planeta, el suelo y el bosque, para proteger el interés de terratenientes improductivos.

Así que la situación hoy no parece ser muy distinta a la expresada por las cifras acerca de la deforestación global para la década de los ochentas: la destrucción del bosque natural se concentra en el trópico, en donde se encuentra más del 50% de los bosques del planeta. Y si bien la cobertura boscosa de los países industrializados está creciendo en forma leve, el aprovechamiento de los mismos deja mucho que desear en términos de su sostenibilidad. En el primer recuadro se sintetiza la evolución de los bosques a nivel global para la década de los años ochentas. En el segundo recuadro se muestra el caso de Colombia.

Los desacuerdos de siempre

La agenda fijada para el Grupo intergubernamental es muy amplia: difícilmente se identifica un tema que no se incluya. Un asunto comprensible, si se entiende que la consideración de tema tan complejo requiere una visión integrada, pero que exige que en el proceso se establezcan prioridades. Hay muchos temas calientes. Los países en desarrollo reiterarán la necesidad de que los países desarrollados cumplan los compromisos de Río en relación con el aporte de los recursos nuevos y adicionales y la transferencia de tecnología. Son muchos los argumentos que sopor-tan esa posición. Son temas que seguramente serán mirados con frialdad por los países del norte, más preocupados en la actualidad por mejorar la eficacia y la coordinación de la asistencia bilateral y multilateral, sin duda un asunto de importancia, que también hace parte de la agenda. Pero es evidente que se requiere avanzar en la provisión de nuevos recursos económicos y tecnológicos de carácter concesional. Los recursos financieros son necesarios, en particular para la conservación de los bosques más representativos en la forma de áreas protegidas (parques nacionales, reservas, etc.). La transferencia y desarrollo de nuevas tecnologías son indispensables, si pretendemos manejar los bosques naturales en forma sostenible. O si buscamos restaurar ecosistemas deteriorados, o emprender programas de regeneración de sistemas forestales y de reforestación, temas sobre los cuales se deben también hacer recomendaciones concretas. Y en el desarrollo tecnológico especial atención deberá darse a la recuperación de las tecnologías de aprovechamiento utilizadas por siglos por diversas comunidades indígenas y habitantes de los bosques.

Certificación y comercio internacional

Los países desarrollados, y algunos en desarrollo, harán énfasis en la necesidad de establecer la certificación de la madera y sus productos. Los consumidores de los países del norte presionan cada vez más porque se les garantice que los productos de madera que llegan a sus manos provengan de bosques administrados en forma sostenible. Y para eso necesitan una etiqueta que se los certifique. La mayor parte de los países del trópico se muestran cautelosos ante la propuesta. Porque si bien esa podría ser una meta deseable para el largo plazo, aún se está lejos de poder convertirla en condición obligatoria pues se conocen muy pocos ejemplos de bosques tropicales aprovechados en forma sostenible. En los bosques temperados el asunto parece menos complejo dada su baja biodiversidad y homogeneidad. Detrás de la certificación se encuentran los más diversos intereses. Desde aquellos de las organizaciones no gubernamentales que consideran que esta es la vía más adecuada para alcanzar la sostenibilidad, hasta los de aquellos grupos de industriales de la madera de los países desarrollados que ven en la certificación un mecanismo para-arancelario que permitiría restringir el acceso de las maderas tropicales al mercado internacional. Pero cualquiera que sea el caso, el punto es que la certificación está en el orden del día, y será tema de obligada consideración y acalorado debate en los próximos años.

Pero la certificación es tan sólo uno de los temas de la agenda sobre comercio, y para muchos no el prioritario. Por eso el Grupo Intergubernamental deberá examinar las estrategias para promover una relación de apoyo entre comercio y administración racional de los bosques. Que implica, tal como se afirma en el mandato recibido por el Grupo, «determinar oportunidades y recomendar medidas para mejorar el acceso de los productos forestales al mercado sobre una base no discriminatoria, y considerar los factores que podrían distorsionar el comercio de los productos forestales y afectar su valor, entre ellos la fijación de precios, los controles sobre las importaciones y las exportaciones, los subsidios y la necesidad de eliminar las prohibiciones y boicoteos unilaterales incompatibles con las normas del comercio internacional».

Indicadores, participación

También se deberán hacer recomendaciones prácticas sobre los parámetros esenciales que deben ser incluidos para efectuar una evaluación continua de la cobertura y estado de los bosques a nivel global, regional y nacional. Así como sobre los criterios y los indicadores sobre sostenibilidad de los bosques, que deberán tomar en consideración las condiciones forestales concretas a nivel regional y sub-regional, y la diversidad de entornos económicos, sociales y culturales.

Se espera también un conjunto de recomendaciones sobre las alternativas para mejorar la participación de todos los actores relevantes en la administración de los bosques, tomando en consideración las experiencias recientes en materia de planeación participativa, tenencia de los bosques y sistemas de gestión solidaria. Como es natural, la planeación del uso del suelo y el muy polémico de la tenencia de la tierra serán temas centrales a considerar.

¿Se requiere de un tratado internacional?

Por último, el Grupo Intergubernamental deberá tratar de responder la espinosa pregunta de si para buscar las metas propuestas se requiere un nuevo tratado internacional jurídicamente vinculante. O si basta con mejorar la utilización de las convenciones y acuerdos existentes. Es tan espinosa que el Grupo de los Siete vio en Río de Janeiro frustrada su muy publicitada aspiración de firmar una Convención sobre bosques. Los países en desarrollo se opusieron a tal pretensión al considerar que aquéllos intentaban imponerles difíciles compromisos para el manejo de los bosques tropicales sin ofrecer mayor apoyo ni reciprocidad. Como señalara el experto Stanley P. Johnson «Durante un período de dos años, los cerebros diplomáticos más finos de occidente fueron desbordados y el hecho de que esos esfuerzos diplomáticos fueran reforzados por compromisos políticos al más alto nivel (por ejemplo, por el Presidente Bush o por el Canciller Kohl de Alemania) no sirvió para nada».

En búsqueda de la acción

El Grupo Intergubernamental de Bosques tiene ante sí una tarea en la que por su naturaleza y objetivos deberá dar una amplia participación a la sociedad civil, y en particular a los habitantes de los bosques. Se trata de producir resultados concretos. Tal como lo señalara en forma punzante la WWF, una de las mayores organizaciones no gubernamentales a nivel global: «Después de la Cumbre de Río hemos visto el desarrollo de teorías acerca de la administración de bosques y su degradación, así como sobre la detención del ciclo de deforestación. Si bien ello marca un hito en el progreso del pensamiento, existe una urgente necesidad de encuadrar las palabras con las acciones, y poner más énfasis en la implementación de la administración sostenible de bosques». Que, como hemos señalado, incluyen la necesaria reforma de muchos de los sistemas de tenencia de la tierra imperantes en los países en desarrollo, un sustantivo incremento de la cooperación internacional de los países industrializados a los países en desarrollo, dirigida a la conservación y buen uso de los bosques estratégicos del globo, y la modificación de las condiciones del comercio internacional de los productos del bosque. Son de los temas más calientes. Hasta ahora ni los dirigentes de los países desarrollados, ni los de los países en desarrollo han tenido la lucidez para liderar acciones en estos campos, en sus correspondientes ámbitos de competencia. ¿Será que el Grupo intergubernamental de Bosques podrá generar avances en estas direcciones? Para el cumplimiento de su misión le favorece la fatiga de la inacción y los infinitos deseos de muchos gobiernos, políticos y organizaciones no gubernamentales de demostrar que sí se puede.

 

LA DEFORESTACION GLOBAL 

En 1990 el total de la cobertura boscosa del globo ascendía a 3.400 millones de hectáreas, de las cuales 1.760 millones corresponde a bosque tropical y 1.430 millones a bosques temperados, que se ubican en su casi totalidad en los países industrializados (200 millones de estas últimas se encuentran en países en desarrollo). En el período 1981-1990 la tasa de destrucción de los bosques tropicales ascendió al 0.8% anual (15.4 millones de hectáreas por año), mientras que la cobertura de bosques temperados se incrementó levemente. La antigua Unión Soviética, con 755 millones de hectáreas, y Brasil, con 561 millones de hectáreas, daban cuenta, en 1991, del 39% de la cobertura boscosa global. La tasa anual neta de deforestación en el período 1981-1990 excedió el 2% anual en diez países tropicales de Asia y las Américas. (En nuestro continente: Paraguay, Costa Rica y El Salvador). Brasil e Indonesia dieron cuenta de la mayor pérdida anual de extensión de cobertura boscosa, con una deforestación anual promedio de 3.7 millones y 1.2 millones de hectáreas respectivamente (aunque sus tasas de deforestación anual estuvieron cerca del promedio global -0.6% para Brasil y 1.0% para Indonesia).

Fuente: World Resources Institute, 1994-1995, pág.305

  

LA DEFORESTACIÓN EN COLOMBIA

La deforestación es uno de los mayores problemas ambientales de Colombia. No se tiene mucha certidumbre sobre la magnitud del problema. El World Resources Institute (WRI) la ubica en 364.000 hectáreas, para el período 1981-1990. La última cifra equivale a un cambio anual del 0.6%, cercano al promedio para la América Tropical (0.7%) y al promedio global para el trópico (0.8%). Además, según el WRI, en 1990 aún se contaba con una cobertura boscosa de 54.064.000 hectáreas, que representa cerca del 50% del territorio nacional. Estas cifras de por sí preocupantes conllevan otros problemas. La tasa de destrucción de la selva húmeda -concentrada en la Amazonia y el Chocó- asciende al 0.4% anual, el promedio para Suramérica Tropical. La disminución anual del área de bosque deciduo húmedo equivale al 1.9%, superior al promedio para Suramérica Tropical (1.0%) y al promedio global (0.9%). La tasa de deforestación del bosque de montaña y ladera -del que sólo restaban 2.490.000 hectáreas en 1990- asciende a 1.6% anual, es decir, a más del doble de la tasa nacional, por encima del promedio para Suramérica Tropical (1.2%), y del promedio global para el trópico (1.1%). Si se mantiene esta situación, el bosque de montaña -que protege la mayor parte de las estrellas hidrográficas del país- de­saparecería en 50 años.

Fuente: World Resources Institute, 1994-1995, pág. 309. 

 

Manuel Rodríguez Becerra.
Publicado en: Revista Estrategia económica y financiera. No. 220. Octubre 10 de 1995. Pág. 36-39

 

 

 

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