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El fracaso de la Cumbre de Berlín: ¿a quién le conviene?

 

El fracaso de la Cumbre de Berlín no es una buena noticia para la salud de la tierra. Pero Colombia gana tiempo para vender su carbón y petróleo y dejar de ser uno de los mayores emisores de CO2 del planeta.

La prensa internacional fue unánime en señalar el fracaso de la Cumbre sobre Cambio Climático, realizada en el pasado mes de abril. Evidentemente no se avanzó en lo fundamental: uno, fijar metas cuantitativas de reducción de emisión de gases de efecto invernadero y señalar fechas precisas para alcanzarlas, por parte de los países industrializados, los responsables primarios de este fenómeno de carácter global, y dos, establecer compromisos concretos en materia de transferencia de tecnologías limpias, en términos concesionales y preferenciales, de los países industrializados a los países en desarrollo, y asignar recursos nuevos y adicionales, para que éstos estén en capacidad de contribuir a resolver el problema. Y lo fundamental no es asunto de mi propia cosecha: el lector lo puede encontrar en la Convención de Cambio Climático, firmada en Río de Janeiro en 1992, que parte del supuesto de que sólo mediante acciones de aliento se podrán combatir las causas de aquellos fenómenos vinculados al cambio climático. Fenómenos que son percibidos por el ciudadano medio a través de diversas manifestaciones: los días y años inusitadamente cálidos, el incremento de los incendios forestales como producto de la sequía, la disminución de las coberturas congeladas de la alta montaña, la exasperación del fenómeno del Niño... o como los bogotanos raizales suelen decir: Santa Fe se nos está volviendo tierra caliente, no sin añorar la ciudad siempre gris y lluviosa en que vivieron.

Un repaso

Los pobres resultados de Berlín fueron el producto de las posiciones adoptadas por la mayoría de los países desarrollados, liderados por Estados Unidos, posiciones que tuvieron buen recibo por parte de algunos de los países en desarrollo, en particular de los vinculados a la OPEC. Que los países desarrollados sean los autores del congelamiento de la Convención de Cambio Climático puede parecer, a primera vista, una cosa de locos. ¿Acaso no fueron ellos los que se la inventaron? Hagamos un repaso. Los países desarrollados dieron un SOS acerca del hecho de que la tierra se esté calentando a un ritmo sorprendentemente más acelerado que el natural, el fenómeno más dramático entre las diversas manifestaciones del cambio climático, que incluye también la alteración de los regímenes locales de precipitación y evaporación, y la amplificación de fenómenos meteorológicos extremos, como las tormentas y las sequías. Y fueron ellos, con su establecimiento científico a la cabeza, quienes identificaron la causa primordial de estos fenómenos. Las emisiones resultantes de la actividad humana están incrementando sustancialmente las concentraciones en la atmósfera de los gases de efecto invernadero -en particular la combustión de carbón y petróleo (CO2), con el 55% de contribución; la ganadería y el cultivo de arroz (CH4), con el 15%; y los sistemas de refrigeración, aerosoles y otros usos con base a clorofluoro carbonados, con el 17%. Si bien en las diversas reuniones científicas internacionales se ha señalado que aún no se tiene una certidumbre sobre la intensidad del cambio, se estima que el aumento medio de la temperatura de la superficie de la tierra se ubicaría entre el 1.5° y 4.5°C durante los próximos 100 años. Esto traería consigo profundas repercusiones: la elevación del nivel del mar con la consiguiente modificación de las zonas costeras, la eventual desaparición de algunas islas e inundación de extensas zonas continentales, el desplazamiento de zonas climáticas y agrícolas hacia los polos, con la consecuente extinción de ecosistemas y especies animales y vegetales, y la pérdida de humedad del suelo.

La certidumbre de la existencia del fenómeno por parte de los países desarrollados les llevó a convencer al resto de los países del globo sobre la necesidad de tomar todas las medidas conducentes a detenerlo y reversarlo, así existieran aún incertidumbres sobre su intensidad y sus consecuencias. No debemos, sin embargo, olvidar que el gobierno Bush condicionó la firma de la Convención por parte de Estados Unidos a que no se establecieran metas obligatorias de reducción de gases invernadero, ni fechas para el efecto, por considerar que ello generaría desempleo en su establecimiento industrial, un propósito en el cual logró torcerle el brazo a la Comunidad Europea y los países nórdicos, que consideraban fundamental incluir esos compromisos. Si bien en la ne-gociación de la convención hubo todo tipo de ires y venires por parte de Estados Unidos, no hay que olvidar que las mayores evidencias sobre el fenómeno han sido el producto de sus centros de investigación científica, tal como se expresó, por ejemplo, en el informe que la Academia de Ciencias presentó al gobierno norteamericano en 1990. Son las contradicciones, de conveniencia o naturales, que con frecuencia expresa el gran coloso del norte: mientras a nivel científico se señalaba un alto grado de certidumbre sobre el fenómeno básico, a nivel político se subrayaban múltiples incertidumbres. El caso es que ante las convincentes razones de los desarrollados, 158 países firmaron en Río la Convención, cuya primera reunión de las partes tuvo lugar en Berlín.

El juego de ganar tiempo

¿Cómo se puede interpretar que sean, ahora, los mismos países industrializados quienes estén interesados en el congelamiento de este tratado? Están ganando tiempo. Porque hay que recordar que una reducción sustantiva de la emisión de los gases de efecto invernadero se vincula con profundas transformaciones económicas y tecnológicas que aún no están a la mano. La única forma de tomar medidas drásticas en el corto plazo sería a través de modificaciones en las economías y estilos de vida de los países industrializados, como sería, por ejemplo, la sustantiva disminución del transporte en el automóvil individual. Es un costo político que no están dispuestos a enfrentar. Pero el día y hora en que Estados Unidos, Europa Occidental y Japón (o por lo menos el primero de la tríada) cuenten con la tecnología y las condiciones económicas para sustituir el automóvil de combustión de gasolina por uno que no emita CO, ellos serán los mayores propulsores de la postura de dientes a la Convención de Cambio Climático, que no es cosa distinta a establecer acuerdos sobre la reducción del consumo de petróleo y carbón. Y los dientes de la convención serán afilados cada vez que se identifiquen sustitutivos o paliativos tecnológicos de todas las formas de producción emisoras de carbonos y otros gases de efecto invernadero.

Vender más carbón y petróleo

Pero mientras algunos de los desarrollados, con Estados Unidos a la cabeza, ganan tiempo, otros países en desarrollo también lo hacen. El caso más claro es el de los pertenecientes a la OPEC. En últimas, su desarrollo depende de las exportaciones de petróleo que se verán seriamente comprometidas el día que sus principales compra-dores reduzcan su consumo, como resultado de los compromisos que se alcancen en la Convención de Cambio Climático. Por ello se ha dicho que este es, en últimas, un tratado para disminuir el consumo de los combustibles fósiles, que incluyen tanto carbón como petróleo: de allí su enorme importancia para Colombia, y una razón para que tengamos las antenas puestas en su desarrollo. Si bien Colombia no se alineó con los países de la OPEC, es evidente que, con la reciente reunión de Berlín, está, como ellos, ganando tiempo para vender su petróleo y carbón.

En las negociaciones, Colombia hizo parte del grupo de países en desarrollo que rechazaron la propuesta de que se les fijara metas cuantitativas y fechas concretas para la reducción de emisiones. Y adoptaron la posición de sólo aceptar tal tipo de metas en el momento en que los industrializados demuestren haber alcanzado reducciones sustantivas de sus propias emisiones, y les aseguren parte de los recursos financieros y tecnológicos requeridos para su cumplimiento. Tres condiciones que, contenidas en la Convención, se basan en el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas: puesto que Estados Unidos y Europa son los mayores responsables por la acumulación de CO2 en la atmósfera como producto de la acción humana (34% y 26%, respectivamente), son ellos quienes deben correr con el peso de la resolución del problema. Son tres condiciones que los desarrollados se muestran renuentes a poner en práctica, ya que, en últimas, parecen no reconocer la deuda ecológica con el planeta y prefieren referirse al gran incremento hacia el futuro de la contribución de los países del tercer mundo a la emisión de gases de efecto invernadero, como consecuencia de su proceso de desarrollo. Porque en la primera mitad del siglo XXI los principales emisores ya no serían ni Estados Unidos ni Europa Occidental, sino China, India, Brasil y otros países asiáticos y latinoamericanos, en caso de mantenerse las actuales tendencias económicas y tecnológicas. Pero quizá para entonces ya las grandes potencias del norte estén vendiendo a estos últimos países las tecnologías limpias requeridas para que cumplan con los compromisos que, eventualmente, nos habremos visto forzados a adquirir para detener y reversar las emisiones de gases de efecto invernadero.


Santafe se nos está volviendo caliente

Los intereses nacionales derrotan al interés global

En síntesis, los países industrializados están aplazando la adquisición de compromisos con miras a alcanzar las tecnologías requeridas para cumplirlos, sin necesidad de alterar sus estilos de vida, tecnologías que venderán a los subdesarrollados, siguiendo el más estricto catecismo de la internacionalización de la economía. La totalidad de los países en desarrollo, entre ellos Colombia, se resisten a adquirir compromisos, ante la renuencia de los desarrollados a comprometerse con obligaciones significativas. Los países de la OPEC están colaborando con todo entusiasmo en ese aplazamiento para mantener sus exportaciones de energéticos. Y otros países, entre ellos también Colombia, se benefician de ese aplazamiento de la reducción sustantiva del consumo de carbón y petróleo, a nivel internacional, al poder vender con comodidad esos productos.

Pero Colombia también gana tiempo para tomar todas las medidas conducentes a la reducción de sus contribuciones de CO2 a la atmósfera, provenientes de la tala y quema anual de 300.000 a 600.000 hectáreas de bosque, que nos colocan en la no muy cómoda posición de ser el segundo país de Latinoamérica con mayores emisiones per cápita de este gas (el primero es Ecuador). Una situación que, de continuar, será nueva fuente de recriminaciones y retaliaciones internacionales. No seríamos, entonces, el objeto de un gran aplauso por el hecho de contar con uno de los mayores capitales naturales de la tierra, sino que seríamos enjuiciados por estarlo destruyendo con tanta sevicia. Que constituiría un escenario muy diferente al presentado por el socorrido argumento de los potenciales de nuestro medio ambiente para mostrar una cara positiva en la arena internacional, en contraste con la muy sucia que derivamos del narcotráfico, la violación a los derechos humanos, y otras colombianadas que nos hacen un país desagradablemente sui-géneris.

¿Y qué pasa con el globo? Si se llegare a dar el escenario más extremo de calentamiento previsto por los modelos de simulación, los costos ecológicos, económicos, políticos y sociales, podrían superar con creces los beneficios de corto y mediano plazo que se derivan de aplazar la adopción de medidas efectivas, que incluyen la ocurrencia de daños ecológicos irreversibles. Pero al fin y al cabo, los políticos de los países industrializados parecen no darle importancia a esas situaciones, puesto que son las generaciones futuras las que van a pagar el pato; es decir los futuros electores de los venideros políticos. Un buen caso de la estulticia humana y de la carencia de liderazgo global. Y ante la ausencia de un propósito y una solidaridad planetaria, a países como Colombia, sólo les queda defender su interés nacional inmediato. Así que continuemos participando activamente en las negociaciones: nos conviene vender petróleo y carbón; no caigamos en fundamentalismos aislados; y coadyuvemos a la articulación de los intereses globales cuando existan las condiciones para hacerlo. En fin, coreando el decir popular: no nos podemos quedar sin el pan y sin el queso.

Manuel Rodríguez Becerra.
Publicado en: Revista Estrategia económica y financiera. No. 211. Mayo 1 de 1995. Pág. 30-32

 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Manuel Rodríguez Becerra. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización agosto 2016
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